miércoles, 19 de agosto de 2009

Dicta Dura III

Estimados señores slash as, dos puntos… Me dirijo a ustedes desde un lugar que no quiero revelar simplemente por temas de seguridad, punto. No es que sea una figura importante y tema sufrir un atentado o no quiera estar en el ojo público con tanto paparazzi dando vuelta, coma, no, coma, es una cosa de temor por mi integridad física, punto seguido. Me explicaré, punto y aparte. Todo se podría resumir en el simple hecho de que mi señora tuvo el desatino y la mala fortuna de abrir el paraguas puertas adentro, coma, dentro de nuestra casa, coma, sin razón aparente, punto seguido. Aquello ha desatado un verdadero torbellino de dudas sobre cómo va a afectar esto nuestra hasta ahora tranquila convivencia en este mundo y de qué manera nuestras vidas se verán alteradas por un rosario de hechos lamentables y acontecimientos desafortunados, punto aparte. La verdad es, coma, señoras y señores, coma, que me vida desde este hecho ocurrido sólo esta mañana, coma, se ha transformado en una bola de nervios que a continuación querría relatarles, dos puntos. Al despedirse de mí en la puerta, coma, mi señora me hizo esperarla al comunicarme que debería llevarme un paraguas al trabajo porque hoy pronosticaban lluvias para esta noche y no quería que me mojara y enfermara, punto. Llegó con el paraguas en la mano y me lo entregó, coma, sin antes abrirlo en toda la entrada de mi hogar para verificar que éste funcionara adecuadamente, punto seguido. En qué estaría pensando, coma, simplemente no sé, punto. Tampoco sé a ciencia cierta si ella estaría al tanto de la creencia popular, coma, y saber si inclusive mundial, coma, que abrir un paraguas puertas adentro acarrea mala suerte, punto. Pero no quise alterarla innecesariamente, coma, especialmente si sus intenciones habán sido buenas y para que no se quedara con la idea de que había sellado mi destino con un tan simple gesto de preocupación, punto aparte. Pero yo sí lo pensé en seguida, punto seguido. De haber sido fijada, coma, mi señora también lo habría advertido en mi mirada de terror, punto. Había desencadenado una desgracia, coma, había abierto una caja de malos augurios, coma, me había echado un mal de ojo, coma, y todo con abrir y cerrar un insignificante paraguas dentro de nuestra casa, punto. Cuando me besó adiós supe que me había enviado a la muerte y comencé a dudar sobre si lo había hecho todo a propósito o no, punto seguido. Y ahí estaba, coma, dándome el beso de la muerte, coma, enviándome allá fuera a encontrarme con mi destino fatal, punto y aparte. Dicen que las mujeres florecen, coma, rejuvenecen cuando enviudan, punto seguido. Abra punto de exclamación, malditas ellas las mujeres que lo lloran a uno un par de días y luego están ahí con las manos entre la cara fingiendo estar destrozadas llorando, coma, cuando la verdad es que mantienen un ojo abierto y alerta para ver qué hombres se les acerca para consolarlas y extenderles un pañuelo para secarse esas tan convincentes lágrimas de cocodrilo, cierre exclamación. Rejuvenecen, coma, comienzan a hacer todas esas cosas que jamás habrían pensado hacer cuando estaban casadas con uno, coma, y como si se las hubieramos prohibido en vida, puntos suspensivos. Con Y mayúscula, y ahora tengo que andar con sumo cuidado, coma, cuidándome de no caer muerto, coma, de no morir electrocutado si apreto el botón para que se me abra la reja de mi casa, coma, de no morir aplastado por un piano de cola al salir de mi casa, coma, de no ser atropellado camino a la oficina, coma, no quedar atrapado en el ascensor del edificio, coma, que no se me caiga café hirviendo sobre las piernas, coma, que no me corte el dedo con un papel, coma, que no me explote el microondas de la oficina a la hora de almuerzo, coma, que no me parta un rayo camino de vuelta a mi casa esta noche, coma, todo, coma, cualquier cosa me podría suceder ahora gracias a ese maldito paraguas, punto y aparte. Había pensado tirarlo a la basura al llegar a mi casa esta noche, coma, quizás romperlo ahora mismo para terminar con la maldición, coma, el mal de ojo, punto seguido. Antiguamente en Europa para eso eran construidos los arcos o las puertas de triunfo en la ciudad, dos puntos, para que las tropas que volvían triunfantes de alguna batalla desde fuera pudieran pasar victoriosos por ellas, coma, volviendo a sus hogares, coma, a sus familias y a su país habiendo triunfado sobre el enemigo y además, coma, las puertas o arcos servían para limpiar a los guerreros o soldados de cualquier mal de ojo que le pudieran haber echado su contrincante o enemigo, punto aparte. Abra signo de interrogación, sabrían ustedes hasta cuándo dura esta mala suerte, cierre signo de interrogación y abra otro, sabrían si la mala suerte es de algún sentido en particular o es generalizada, cierre signo de interrogación y abra otro, qué puedo hacer para poner fin a esta maldición que mi señora me ha arrojado con o sin querer, cierre signo de interrogación. Ustedes son los indicados a quienes hacerle este tipo de preguntas y me encomiendo a ustedes y a su entendimiento en el tema, punto. Sepan que mientras tanto me encuentro atado de manos, abra paréntesis, no literalmente, cierre paréntesis, coma, esperando que se pronuncien para no darle rienda suelta a lo que podría convertirse en una verdadera catástrofe de infortunios varios, punto y aparte. Sin más, coma, se despide de ustedes muy respetuosamente, coma y aparte…

Pérez, Troy K.

Ahora mijita suélteme la mano y envíeme eso lo antes posible.

martes, 18 de agosto de 2009

Dicta Dura II

Estimados señores slash as, dos puntos… Recordé que no hace mucho tuve una compañera de trabajo que supongo que por cosas de la vida sabía cuáles eran los síntomas de un próximo problema a la próstata, punto seguido. Digo, abra comillas por cosas de la vida, cierre comillas, coma, porque si no me equivoco su familia era propietaria de una residencia de ancianos y saber ese tipo de cosas cuando el momento lo amerita viene siendo de vital importancia cuando se trata de llevar algo tan delicado como es un geriátrico, coma, aquí y en cualquier parte, punto y aparte. Esta compañera de trabajo decía que si estás meando y la orina es discontinua o con poco flujo, coma, tienes problemas a la próstata, punto seguido. Si la orina es muy oscura o si directamente meas sangre, coma, estás en problemas, punto y seguido. Si te sientes incómodo o entras en dolor, coma, claro signo de que estás con problemas prostáticos, punto. Cuando produces demasiada espuma al orinar, cóma, ese también puede ser un síntoma de que estás experimentando problemas a la próstata y debieras someterte a unas pruebas lo antes posible, punto aparte. La razón por la cual recordé algo semejante fue porque acabo de pasar al baño a mear y por poco no salgo vivo, punto seguido. No fue dolor o poco flujo, coma, no fue sangre ni siquiera fue más amarillenta de lo normal, coma, no, coma, fue la excesiva espuma, punto. Comenzó apenas la orina hizo contacto con el agua del váter, punto seguido. Pequeñas y medianas burbujas de aire comenzaron a formarse y a aumentar en cantidad, coma, y mientras unas aparecían y desaparecían al instante, coma, otras se negaban a reventar y se sumaban a otras compañeras que luchaban contra el oxígeno y la adversidad del mismo chorro de orina que tal como les daba plena existencia, coma, también las aniquilaba de las filas, coma, borrándolas de lo que no parecía otra cosa que una orgía de burbujas, coma, unas encima de otras, coma, como una batalla anárquica de burbujas, coma, todas contra todas luchando por llegar a lo más alto del inodoro, coma, escalar hasta la boca de éste y rebalsarse hacia fuera como lava de espuma tibia, coma, como una verdadera errupción de burbujas de orina que buscan salir hacia el exterior y comenzar a invadir el suelo del baño, coma, a llegar hasta la suela de mis zapatos, coma, mis pantalones, coma, aumentando y aumentando en cantidad, coma, cubriendo todo a mi alrededor mientras yo, coma, sin poder hacer nada por detenerlas excepto intentar terminar de orinar lo antes posible para impedir su terrorífico avance, punto y aparte. Me imaginé preso del pánico, coma, envuelto en una viscosidad de espuma maloliente que me cubría hasta los hombros, coma, sería un hombre que murió engullido por sus propias burbujas porque no recordó a tiempo que a su edad la orina no sólo alivia una vejiga ya resentida, coma, sino también puede sellar su muerte, punto aparte. Señores slash señoras, coma, no estoy aquí haciéndome el lindo, coma, la víctima o el hipocondríaco, punto seguido. De que hubo espuma en mi orina, coma, hubo espuma, coma, pero a lo mejor esto se deba a que había estado enfermo con fiebre instantes antes, punto. Es por ello que me encuentro aquí pidiéndoles una explicación a este reciente acontecimiento que espero que ustedes me puedan aclarar a la mayor brevedad posible para así poder ir al baño a mear, punto aparte. Sin otro particular, coma, se despide de ustedes muy respetuosamente, coma y aparte…

Pérez, Troy K.

Ahora mijita cúbrase las piernas y envíeme eso lo antes posible.

lunes, 17 de agosto de 2009

Dicta Dura I

Estimados señores slash as, dos puntos… Me encuentro indignado por algo que me ocurrió esta mañana camino a mi lugar de trabajo y cuya explicación quisiera extender ante ustedes, coma, razón por la cual les hago llegar este comunicado o reclamo, punto y aparte. Caminaba a eso de las ocho y media de la mañana por la tranquila calle de Gertrudis Echeñique, coma, que ya muchos desconocen que aquel nombre pertenece a la primera primera dama de Chile entre los años mil ocho noventaiseis y mil novecientos uno, coma, camino a mi oficina, coma, cuando sentí un repentino dolor punzante en la planta del pie izquierdo, abra paréntesis y signo de interrogación, acaso nadie ha caído en cuenta que a pesar de lo rico y variado que es el idioma, coma, aún el lenguaje se encuentra, coma, por decirlo de alguna manera, coma, en pañales, coma, cuando debemos utilizar la palabra, abra comillas planta, cierre comillas para designar no sólo la parte más inferior del pie sino, coma, también el lugar físico donde se producen a gran escala las cosas y también para denominar aquello que muchos de nosotros poseemos en nuestros hogares, coma, que pertenecen al reino vegetal y que debemos regar por lo menos una vez a la semana, cierre signo de interrogación y paréntesis, punto. El dolor iba y venía según levantaba y apoyaba el pie sobre la vereda en un doloroso intento por seguir caminando bajo los imponentes plátanos orientales, punto. Intenté seguir mi camino sacudiendo de tanto en tanto mi pierna izquierda en el aire por si fuera un repentino y extraño puntapié o calambre, coma, pero todo era inútil, coma, el dolor seguía ahí cada vez que apoyaba el pie izquierdo para caminar, punto y aparte. No me quedó otra alternativa que cojeando y pareciendo un hombre mal herido, coma, se me vino a la mente en ese momento la imagen del hombre mutilado de las piernas y con muletas de la película El Acorazado Potemkin, abra paréntesis, mil nueve veinticinco, cierre paréntesis, del cineasta ruso Eisenstein, coma, seguir caminando hasta alcanzar un banco de esos verdes que tan estratégicamente bien puestos se encuentran en dicha calle, punto. Cuando finalmente pude llegar a uno, coma, me senté aliviado y resoplando del esfuerzo, coma, habiéndole exigido más de la cuenta a mi pierna derecha, coma, mi pierna en ese momento, abra comillas sana, cierre comillas, punto. Crucé mi pierna izquierda sobre el muslo de mi pierna derecha para a continuación quitarme con mayor comodidad mi zapato izquierda y masajearme mejor el pie cuando me topé con algo que me irritó más que el mismo dolor y el posterior cojeo que había estado experimentando hace sólo instantes, punto. Al quitarme el zapato izquierdo encontré dentro de él para gran sorpresa mía, coma, una pequeña piedrecilla grisácea, coma, la causante de mi dolor, coma, culpable de la interrupción del transcurso hacia mi lugar de trabajo, punto seguido. Tomé la piedrita con el dedo pulgar e índice de mi mano para examinarla y destinarle con la mirada clavada en ella, coma, toda la rabia que sentía por su ser y por todo lo que me había hecho pasar, coma, a pesar de lo pequeño de su tamaño y lo insignificante e inofensivo de su aspecto, punto. Después de transmitirle a la piedrecilla todo mi odio y desprecio, coma, proseguí a masajear un poco la planta de mi pie izquierdo, coma, volví a ponerme mi zapato para continuar mi camino, coma, sin antes depositar la piedrita en uno de mis bolsillos del pantalón, punto y aparte. Piedrita que adjunto a la misiva para dejar constancia de lo que esta mañana me sucedió junto a hacerles llegar mi más legítimo disgusto por lo ocurrido,coma, ya que es gracias a ustedes que podemos contar con calles o aceras bien pavimentadas, coma, como dios manda, coma, lo que por lo mismo significa que no tengamos que pasear o transitar por caminos de tierra o desagradablemente empedradas, punto seguido. Dicen que vivimos en una jungla de asfalto, coma, dormimos, coma, estudiamos y trabajamos en grandes ciudades donde el precio por vivir cómodamente se paga a veces con nuestro débil estado mental, coma, todo, coma, para no tener que soportar hechos desagradables como el ocasionado hoy, coma, porque esa piedrecita no sólo nunca debió encontrar su camino hacia el interior de mi zapato, coma, sino que jamás debió existir en semejante lugar, punto y seguido. Hoy en día y en especial en nuestras grandes ciudades, coma, las piedras son para los lugares donde uno las quiere tener, punto. Uno las deposita ahí o aquí porque se quiere, coma, porque cumplen una determinada función o porque así se ha acordado previamente, punto. Pero tener que toparme con una, coma, por muy pequeña que sea, coma, es inexcusable, coma, dado el buen nivel de pavimentación de calles y veredas de las que ustedes tanto se enorgullecen y que a mi, coma, dado este incidente, coma, me deja bastante que desear, punto y aparte. Esperando que este testimonio sirva como un llamado de atención y suponiendo que harán todo en su poder para que esto no le vuelva a suceder a nadie y que harán con la piedrecilla lo que ustedes crean conveniente, coma y aparte, les saluda respetuosamente, coma y aparte…

Pérez, Troy K.

Ahora mijita déme un beso en la frente y envíeme eso lo antes posible.

miércoles, 29 de julio de 2009

Desde las sombras

Hoy este blog cumple un año. Un año donde he dejado escrito todo tipo de cosas. Algunas interesantes, algunas menos, unas cosas estúpidas, otras no tanto.

Muchas personas me vienen insistiendo que ya tome el siguiente paso y envíe mis escritos a alguna otra parte, que los dé a conocer. Me dicen que no se pierde nada, que lo peor que puede pasar es que jamás me vayan a contratar en nada que tenga que ver con escribir o que no me los publiquen en ningún sitio.

Luego pensé que sería extraño eso, trabajar donde no tenga o tuviera que escribir. Nunca he hecho otra cosa que no fuera escribir, lo hiciera bien o mal.

Supe hace poco de la existencia de un chileno desconocido dentro del ámbito o círculo literario, que a pesar de escribir de forma personal como aficionado, jamás quiso publicar algo. Decidió pasar desapercibido, sin público, sin notoriedad, sin lectores de su obra. Una obra, al parecer magna y bastante extensa que recopilaron y publicaron sus propios hijos de forma póstuma, para rendirle a su padre un reconocimiento, un tributo, un gesto de cariño hacia su padre que tan en el anonimato pasó por el mundo impreso.

¿Qué nos frena, por qué no nos importa escribir desde las sombras, desde donde nadie nos lee, nadie nos critica, pasando desapercibidos no importa cuánto escribamos?
¿Será miedo? ¿Miedo al rechazo, a la mala crítica, a que nos hundamos en la baja autoestima? ¿Será un mecanismo de defensa, o porque simplemente no nos importa, no estamos interesados en destacar o ser una firma de renombre?

¿Será que tenemos miedo a lo que nos digan, o descubrir por nosotros mismos que no somos tan buenos como a veces llegamos a pensar? ¿Tenemos miedo de ser tildados de mediocres cuando en nuestras mentes nos creemos reyes, semidioses, terroristas de las letras?

Lo que sí, es que es una posición, una postura muy cómoda. Disparamos nuestras armas literarias, nuestra tinta negra, nuestras lenguas de fuego desde la oscuridad, sin consecuencias o repercusiones. Lanzamos nuestros puntos de vista como dardos ciegos sin un rumbo u objetivo determinado, sin esperar nada a cambio, sin respuesta.

Hace una semana le envié a un editor alguno de mis escritos. Le mandé material reciente, otro no tanto, supongo que habrá sido el más acorde o del que estoy algo más orgulloso. La sensación de que alguien fuera de las personas a las que les suelo mostrar mis escritos leyera algo mío, no fue del todo desagradable. Debo reconocer que experimenté un leve entusiasmo por el hecho de que alguien prácticamente ajeno a mí, con el que jamás había intercambiado más de una hora de dialogo, estuviera leyendo algo nunca antes visto por gente fuera de un reducido círculo de personas muy equis.

¿Entonces? ¿Qué somos? ¿Redactores con deseos ocultos de ser descubiertos y sacados del anonimato y hacia la luz pública, hacia la fama y obtener el justo reconocimiento que venimos mereciendo todos estos años de lucha contra el folio en blanco? Puede ser.

O puede que nada que ver, que estamos lejos de todo ello porque nos repugna la notoriedad que lo único que hace es corromper el verdadero significado de escribir y leer: el placer de hacerlo por el arte, por el ejercicio. Porque los que escribimos en las sombras sabemos que escribimos bien, no es autoconvencimiento, o delirios de grandeza; es un hecho. Y punto.
No sé. Puede que sí los necesitemos a ustedes los lectores, al final de cuentas son las reglas del juego: leer para escribir, escribir para ser leídos. A lo mejor ninguno de los dos.

Jamás pensé de mis escritos como algo al que les pudiera sacar provecho, que pudiera lucrar de ellos, hacerme una luca o dos. Nunca pensé que alguien pagaría por ellos para que otros pudieran deleitarse, asombrarse, espantarse, entretenerse con ellos y hacerse una opinión o tomara una cierta postura ante ellos.

De ellos, por ellos, con ellos, ante ellos. Esas, mis palabras, mi modo de juntar unas con otras como si estuviera tejiendo bufandas, todas de diferente color, costura y/o tamaño. Bufandas que pueden dejar mucho que desear, que pueden quedar bien con lo puesto hoy, que pueden ser desastrosas, quedar cortas, que pueden estrangular, picar, abrigar o resaltar.

Letras, palabras, frases y párrafos que parecen un puñado de patas de mosca, todas puestas una al lado de otras a modo de nada, simplemente porque sí, porque así lo he querido y así me han salido con toda la naturalidad del mundo… La jiringa contra esos reflejos involuntarios y espasmos repentinos de los músculos de mis dedos, que junto a mensajes cerebrales y suaves voces que escucho dentro de mi cabeza, han creado una patología, un mal necesario, una costumbre repugnante, en fin, un jardín de palabras o una bitácora esquizofrénica anormal para gente común y corriente como tú.

Y de eso hace un año, y mira dónde hemos ido a parar.

Desde las sombras y con mis pupilas ya gradualmente acostumbradas a ver en la oscuridad, les doy las gracias por estar ahí.

martes, 14 de julio de 2009

Apio verde tumí

Cumpleaños, cumpleaños y más cumpleaños, siempre cumpleaños.
Hoy vamos por las 31 Revoluciones (a propósito del Día de Francia).

Me produce escalofríos, me eriza los pelos y me encoge las pelotas. ¿Dónde cresta fueron a parar esos 31?

Hoy me declaro mañoso ante todo lo que me rodea y voy a decir sólo esto: Grasas. Muchas (des)gracias por los innumerables saludos y condolencias que he recibido en lo que va del día. Pero ya conozco sus intenciones, yo he estado del otro lado del teléfono y del abrazo, refregar en la cara, una y otra vez, la juventud que una vez fue, que ya no está y sólo recordamos como quien recuerda esos fantasiosos deseos de querer ser rockstar cuando mayor, o como mucho proxeneta estilo Harvey Keitel en Taxidriver.

No me miren así y dejen que les diga que sus palabras de aliento tienen tufo a muerto y me dejan un mal sabor de boca. A mí no me engañan, este viejo ha visto lo suyo ya a su edad y se las trae, así que ríanse, burlense todo lo que quieran, que no están en la flor de la juventud ustedes tampoco. Ya les siento esa leve fragancia a peste que emanan, impregnando el aire a remedio, a naftalina y a un desagradable hedor a carne en avanzado estado de descomposición.

Sí, aquí me tienen a regañadientes como un viejo de malas pulgas que sólo se las puede atribuir al perro de la casa que se la pasa sacundiéndose y rascándose el pelaje cada vez que me siento a comer. Y lo hace a propósito. El maldito animal espera a que me siente para regarme esas pulgas de mal humor. Pero hey, que al talporcual perro ese lo adoro y le tengo muchísimo cariño, que es más de lo que puedo decir de unos cuantos seres “humanos” que he tenido la (des)gracia de conocer.

Me voy a hacer ermitaño, me ire a vivir a la playa o a una isla para que no me tengan que ver ni un sólo pelo de la cabeza. Cabeza que, gracias a otro grupo de graciosillos, se me ha visto cubierta de canas. ¡Malos ratos me han hecho pasar todos estos años, que ahora, además, debo pagar con pelos blancos y canas verdes! No hay derecho, como dice una abuela mía. ¡Canas verdes, canas verdes! Para ir por la calle de guasón o bufón, con una mueca satánica o una sonrisa sarcástica dibujada eternamente sobre mi rostro. La tolerancia es enfermiza. Dios no tiene perdón de sí mismo. Ese viejo sí que tiene problemas. Ahí tienen a alguien a quien llamar, abrazar y wevear. Yo no soy ningún santo. Enciéndanle unas velas a él, que parece que las necesita más que yo.

jueves, 9 de julio de 2009

Regreso de la Generación Perdida

¿A nadie le ha llamado la atención el reciente fanatismo por todo lo vampiresco? Mi señora me dice -mientras interrumpe su lectura de la novela que trata de vampiros, Luna Nueva, el segundo de la saga de Stephenie Meyer que comenzó con Crepúsculo- que más que por ser de vampiros, ella se los está devorando por ser de fantasía. Que la transporta a un mundo irreal, de mágia, encanto, igual que aquellos creados en su momento por Tolkien, C.S. Lewis o Rowling.

Si no es por los personajes creados por Meyer y sus respectivas adaptaciones al cine, es por la serie de televisión de HBO, True Blood (no olvidemos la quizás más “adolescente”, Buffy, la Cazavampiros, que existe hace ya bastantes años), películas como Blade, Underworld, entre otras ya en auge. Ahora el cineasta Guillermo del Toro también ha aprovechado este boom para sacar su propia saga novelesca sobre vampiros, entre otros que han sacado a la luz (o más bien a la oscuridad) sus novelas, cuentos y largometrajes sobre estas criaturas ficticias que siempre han existido, sin embargo hoy se encuentran en la cúspide de su popularidad.

¿A qué se debe? ¿Por qué ahora? ¿Qué hay hoy que no existía cuando Nosferatu saltó a la gran pantalla en 1922 o cuando Bela Lugosi en 1931 interpretó por primera vez al conde Drácula? Aunque una cierta fascinación sí me acuerdo haber vivido con la Generación Perdida, The Lost Boys y que algunos aún recuerdan con nostalgia, como yo. Pero, ¿qué es? A lo mejor la juventud de hoy (porque es más bien una afición juvenil) venera a estos seres nocturnos no por su adicción a la sangre o su incompatibilidad con la luz del día, sino por algo que ver con aquella inmortalidad que estos seres poseen, que sea otro ejemplo del constante anhelo por alcanzar la vida eterna.

Patricio Jara, autor de Las Zapatillas de Drácula, lo explicó cuando se le preguntó por esta reciente vampiromanía en una entrevista: “Las generaciones más jóvenes viven en un mundo con otra clase de temores y, los vampiros, como personajes industrializados y muchas veces anclados a lo Pop, ya no asustan. Hoy son metáfora de la búsqueda de la inmortalidad y de la bendición o condena que eso significa”.

Será por ser un símbolo ahora Pop, que las tribus urbanas como los Emos, los Pokemón, los Dark o Góticos, han adoptado a los vampiros como algo que está “in”. Lo que antes nos asustaba ahora no hace sino entretenernos. Los cementerios son ahora lugares de encuentros nocturnos y turísticos, de ceremonias satánicas y vandálicas. Ciertas tribus se automutilan sus cuerpos para no sólo pertenecer a algo, sino para beber sangre y sentir un dolor que los devuelva a una vida a veces demasiado indiferente y sedada por todo lo que nos rodea.

Quizás los vampiros no son ficción, sino que siempre han estado aquí y quieran volver, más adaptados a la sociedad, más tolerantes a la luz, a los crucifijos y a los ajos, para recordarnos quiénes somos y por qué estamos aquí.

¿Qué ocurrió? ¿Quién los desterró definitivamente a este mundo para ser uno más entre nosotros, sacrificar su inmortalidad y sufrir, como todos sufrimos, por el irreversible deterioro de nuestros cuerpos? ¿Dónde están sus largos y afilados y hambrientos colmillos? ¿Cuándo sustituyeron la sangre por la bebida, el Pisco y el vino? ¿Por qué dejaron que el tiempo los convirtiera en leyenda, en cuentos y ficción?

No lo comprendería si no fuera porque también creo que es para volver, algún día, cuando menos lo esperemos, a reclamar ese sitio que tanto les pertenece, ahí, como uno de los peores males que el mundo jamás haya creado. Volverán para devolvernos el miedo, para seguir matando y sembrando el horror, como tantos otros sanguinarios de nuestra historia y nuestro presente, cuyas atrocidades repiten una y otra vez ante nuestra incrédula mirada. Y mientras algunos sufren la consecuencia de estos verdaderos chupa-sangres de la vida real, otros seguiremos viéndolo por la televisión, leyéndolo en los periódicos… O seguiremos prefiriendo leer sobre estas criaturas de la noche, estos vampiros, para ignorar y evadir, aunque sólo sea por un instante, el hecho de que hay peores personajes allá afuera y que perfectamente un día podrían venir por nosotros.

Probablemente estos que leen a Meyer o aquellos que imitan el estilo de vida de los vampiros, estén más preparados que yo cuando aquel día finalmente llegue.

“Quis hic locus? Quae regio, quae mundi plaga?”
-Séneca.

jueves, 2 de julio de 2009

El tiempo y la espera

Hoy cumplo 46 días cesante. 46 días encerrado en mi casa en mi pequeño estudio, leyendo diarios digitales, escribiendo mails atrasados a amistades olvidadas y enviando mi CV a todo sitio digital que tuviera la brillante idea de incoporar a su página web el botón o link “Trabaja con nosotros”, “Sé parte del equipo” u “Ofertas de empleo”.

46 días sin trabajo. No es mucho, dirán algunos, pero me creo bastante capacitado a estas alturas a conciderarme un experto en el arte de la espera. Sí, esperar es un arte que combina otras subcategorías de arte como son las denominadas paciencia, perseverancia, optimismo, motivación, voluntad, calma y otras por el estilo. Tengo una amiga que ya se refiere a mí como Flema, suponiendo que caigo dentro de la definición de la RAE que define flema como “calma excesiva, impasibilidad”, y no “mucosidad pegajosa que se arroja por la boca, procedente de las vías respiratorias”, que aparece como primera definición de dicha Academia.

Pero volviendo a lo del “arte de la espera”, encuentro que no se le da demasiado importancia a esta categoría, maestría, disciplina o rama. Por ejemplo, ¿por qué no tiene un museo propio? Cuántas cosas de valor artístico se habrán creado y que se pudieran catalogar bajo la rama de Arte de la Espera. No soy un gran conocedor de las artes y sus afinidades y/o movimientos y generaciones, pero ahí está la obra “Esperando a Godot” de Samuel Beckett, por decir lo primero que se me viene a la mente. Dos hombres llamados Vladimir y Estragon que esperan eternamente y en vano junto a un camino a un tal Godot. Tendrá algo que ver también con los “relojes blandos” de La Persistencia de la Memoria de Salvador Dalí, no sé, pero sé que fue Nietzsche quien dijo que la ociosidad es el comienzo de toda psicología.

¿Por qué lo digo? Porque la ociosidad se suele asociar al tener demasiado tiempo libre, y cuando uno tiene mucho de esto uno espera a que algo o alguien le presente algo nuevo o que le rompa la (monotonía de la) espera. Supongo que tendría que diferenciar lo que es tiempo libre de lo que es la espera, reconociendo que el segundo lleva una cierta carga desesperante que no se la adhiero necesariamente a la primera. La espera es un momento o un lapso de tiempo indefinido donde supones que algo (lo quieras o no) va a suceder. Si estoy en una Sala de Espera, esperando ser llamado para ver a mi neuróloga, la (impaciente o como mucho, indiferente) espera produce tiempo libre que me lleva a sacar mi libro de mi bolso y comenzar a leer.

¿Acaso la espera no podría provocar la lectura sin tener que necesariamente atribuirlo a tiempo libre y por lo tanto no adjudicarle erroneamente una carga peyorativa? Supongo que sí. Supongo que trazar la línea donde la espera se diferencia del tiempo libre o dónde y por qué uno es más productivo o lleva un significado más negativo que el otro, es algo que tendré que seguir trabajando.

Mientras tanto espero y espero que llegue una respuesta a los cientos de “Correculos Vitae” que he enviado a los sitios más variopinto. Ya he recibido varias negativas y con ellas aumenta mi desesperación por encontrar algo, cualquier cosa que vuelque mi sensación de estar colgado como la fruta del naranjo que yace grande, erguido y a pecho inflado afuera de la ventana de mi estudio. Colgado como la más grande de las torturas, cuando la psicológica es a veces más dolorosa que la física, la coporal.

El tiempo transcurre de forma pausada, arrastrada y agobiante, mientras todo a tu alrededor sigue su cause natural, a veces demasiado deprisa. Tu tiempo es otro, es diferente al de los demás, es tuyo y de nadie más. Es tuyo para que leas, para que escribas cartas, entradas en tu blog o lo que sea con tal de seguir escribiendo, es tuyo para sentarte en un parque o contemplar la Fuente de Neptuno del Cerro Santa Lucía. Tu tiempo es celosamente tuyo y mientras una voz dentro de ti te recuerda que debes estar concentrado y motivado buscando un contrato, otra vocesita te pide que igual disfrutes de estos momentos que te has (o te han) hecho a un lado de ese gran torbellino laboral.

¿Hasta cuándo? Hasta que el tiempo lo diga. Habrá que seguir esperando hasta entonces. Ya llegará el momento en que te tenga que reincorporar al mundo laboral y no haya más lecturas o palabras escritas junto a la ventana, cerca del naranjo, testigo mudo de tus días de ocio y permamente preocupación por un futuro que a veces parece sombrío, como la opacidad que proyecta aquel enmarañado árbol sobre el patio trasero de tu casa, y que algún día, te repites a ti mismo, tendrá que dejar entrar la luz.